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Los Tres Deseos

Los Tres Deseos

CUENTOS PARA DORMIR Y REFLEXIONAR

Vivía don Reynaldo en un bello palacio, rodeado de grandes comodidades y de enormes riquezas. Al frente, en una choza muy humilde, vivía don Pepe con su esposa y sus siete hijos. Lo único que los rodeaba era la miseria y la bondad.

En esos tiempos, el Señor de los Cielos acostumbraba mandar mensajeros a la tierra, a fin de que llevasen palabras de aliento a los fieles y que hiciesen obras de caridad a los buenos, o bien castigaran a los desalmados. Esa noche, bajo una lluvia torrencial, y vestido de mendigo, tocó un mandado del Señor la puerta del palacio de don Reynaldo.

Cuando el criado que abrió la puerta afirmó a don Reynaldo que se trataba de un viejo indio pordiosero, que solicitaba posada y un tanto de pan, don Reynaldo respondió colérico que su casa no era un asilo para viajantes indigentes.

Se fue el indio entonces a tocar la puerta del vecino de enfrente.

-¡Pobre hombre!, pase adelante que está muy empapado, -afirmó la señora de don Pepe, compadecida del anciano.

Y de este modo, don Pepe, su señora y sus hijos compartieron su escasa cena con aquel anciano. Asimismo le ofrecieron ropa seca y una cama para pasar la noche.

A la mañana siguiente, cuando el indio se levantó, don Pepe le dijo:

-¿De qué forma pasó la noche, buen hombre? Esperemos hubiese podido ofrecerle una casa y una comida mejor, pero ya ve, somos pobre y acá todo es humilde.

-¿De verdad quieres una casa mejor? –preguntó el anciano.

-Sí señor, -respondió el anciano.

-Bueno, si lo quiere, de esa manera va a ser –dijo el mandado de Dios.

De pronto comenzó a ocurrir algo maravilloso: la casa se fue convirtiendo como por encanto, todas y cada una de las cosas viejas se cambiaron por nuevas. En el patio de la enorme casa se comenzó a escuchar el mugido de vacas y el cacareo de gallinas.

-¿Está contento? –Preguntó el anciano a don Pepe. Además de esto le van a ser concedidos otros dos deseos. No los desperdicie.

-Señor, Señor, -afirmó el buen hombre cayendo de rodillas – ¿Qué más puedo querer si ya todo nos lo ha dado?

-De todas maneras, no lo olvide – dijo el indio.

La alegría en esa familia no tenía límites. Todos lo tocaban, lo veían que aparecían cosas nuevas ante sus ojos.

De inmediato, los hijos y la madre comenzaron a discutir sobre qué otras cosas podían solicitar. Unos deseaban mucho oro, otros deseaban ser reyes, otros deseaban solicitar un ejército que les obedeciese, otros solicitaban muchos criados. Cuando don Pepe oyó esta discusión, se puso realmente triste y les dijo:

-Me temo que la ambición, la avaricia y la envidia entran en esta casa. Antes no teníamos nada y no había egoísmo ni envidia. Los acabo de escuchar solicitar y querer muchas cosas que no son buenas. Por tal razón, mi segundo y mi tercer deseo son que en esta casa no entre jamás el egoísmo ni la envidia.

Cuando don Pepe acabó de decir esto, se oyeron unos toques en la puerta. Era el vecino rico, don Reynaldo, que estaba sorprendido de ver aquella casa que apenas el día de ayer era un pobre rancho.

-¿Qué sucedió, de qué forma hicieron para tener esta casa tan preciosa? –preguntó don Reynaldo sin siquiera saludar.

Don Pepe le contó lo que había pasado. Cuando don Reynaldo regresó a su casa y se lo contó todo a su esposa, entonces dijo:

-¡Maldita sea!, y recordar que ese anciano llegó primero a tocar la puerta de nuestra casa y no lo quisimos atender. Pero no es tarde aún. Mande a los peones a que le ensillen el caballo y que corran a hasta alcanzar al anciano.

En efecto, don Reynaldo mandó a ensillar su mejor caballo y corrió tras el indio. Ya iba el anciano lejísimos cuando lo alcanzó.

-¡Espere, buen hombre, -le afirmó. –Estoy muy arrepentido de lo que hice ayer por la noche y deseo solicitarle que me conceda a mí también los tres deseos.

-Así será, afirmó el indio.

Don Reynaldo regresó muy feliz. Iba pensando mil cosas que solicitar. De repente el caballo tropezó y sacó al hombre por los aires.

-Ah, maldito, -afirmó- mejor te murieras.

El primer deseo de don Reynaldo se cumplió. Allá mismo quedó muerto el caballo. Ni para qué imaginar la furia de aquel hombre cuando se percató de que había desperdiciado su primer deseo.

Mas ya no había nada que hacer. Le quitó la montura al caballo, se le echó al hombro y emprendió el camino hacia su casa. Tras un enorme rato de caminar bajo el sol y con la montura a cuestas, se puso a pensar:

Mi mujer tiene la culpa de todo esto. Ya prácticamente no aguanto dar un paso más. Entonces afirmó en voz alta y con rabia:

-En la espalda de mi esposa es en donde habría de estar esta montura.

Al momento sintió un enorme alivio. Ya la montura no estaba sobre su hombro. Don Reynaldo quedó muy extrañado, pero iba tan agotado que no pensó más en el tema.

Tras pasear largos horas llegó a su casa rendido de cansancio. Grande fue su sorpresa, al ver a su esposa de cuatro patas en el suelo, con la montura en su espalda y hecha una fiera de rabia, de inmediato entendió que había desperdiciado su segundo deseo. Entonces le explicó a su esposa lo que había sucedido. Le afirmó que no podía querer que la montura se le quitara de encima, puesto que desaprovecharía su tercer deseo.

-No me importan sus deseos –grito colérica la mujer. –Lo que deseo es quitarme la montura.

-No, -afirmaba don Reynaldo –Quédese con ella y va a ver que seremos las personas más ricas y poderosas de este planeta.

Pediré que sea reina, que sea la mujer más bella del planeta.

-Con esta montura a cuestas no lo seré jamás, pida ahora mismo que se quite de mi espalda, dijo la esposa enfurecida.

Tras mucho discutir, don Reynaldo no tuvo más remedio que solicitar que la montura se quitara de la espalda de su esposa.

About The Author

La Abuela

La Abuela es una Narradora de Cuentos que trae consigo una Moraleja, Enseñanza y Lecciones de Vida en cada una de sus Historias.

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