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La Rectificación del Juez

La Rectificación del Juez

CUENTOS CLASICOS

Antonio había sido invitado a cenar por su compadre, junto a otros amigos del pueblo. Llegó tarde y todos estaban ya sentados a la mesa y había dos huevos duros servidos en cada plato.

Como estaba muy hambriento, debido a su dura jornada de trabajo labrando la tierra todo el día;  fue sentándose y de un solo bocado se comió sus dos huevos duros.

De repente se dio cuenta que su comadre aún no había terminado de servir la mesa y que los demás invitados ni siquiera habían tocado sus platos. Le dio tanta pena que le dijo en voz baja a su amigo Jorge, a quien tenía a su lado y que tenía fama de ser el prestamista del pueblo:

– Hazme el favor y préstame uno de los huevos que te han servido… Es que tenía tanta hambre y mi plato ha quedado vacío. Todos ustedes tienen su plato servido y siento mucha pena con mis compadres.

-De Acuerdo dijo Jorge. Toma uno de los huevos de mi plato, pero con una condición: Ante todos los sentados aquí a la mesa, debes jurar que me lo devolverás cuando yo te lo pida y con todas las ganancias y utilidades acumuladas que podría haber generado ese huevo desde este día.

Antonio no entendió nada de aquel juego de palabras de su amigo, y lo único que le importaba era salir de aquel apuro, así es que estuvo de acuerdo.

Luego de seis años, llegó Jorge a la casa de Antonio a cobrar su deuda.

-En verdad ya se me había olvidado esa deuda. En estos momentos te pago. – Dijo Antonio entregándole un huevo.

-¿Piensas que un tan solo huevo salda tu deuda? – le dijo – En estos seis años que han pasado, un huevo habría producido mucho más, y si le aplicamos la regla del interés compuesto, su rendimiento habría crecido de forma exponencial.

Pasaron discutiendo por más de tres horas, y como no pudieron ponerse de acuerdo, se fueron a exponer su caso ante el juez.

Jorge le explicó con todo lujo de detalles que desde hacía seis años le había prestado un huevo a Antonio, y que éste juró ante testigos que se lo devolvería con todas las ganancias acumuladas en el momento en que él reclamara su deuda.

– Pero entonces, dijo el juez, ¿ Cuál es el Problema ?. Simplemente hay que pagar el huevo y todo se arregla… así de fácil…

– Yo quiero pagar, dijo Antonio,   el problema es que Jorge está pidiendo mucho más de la cuenta; si no, no estuviéramos acá.

-Entonces dijo le dijo el Juez a Jorge, ¿y cuál es esa gran cuenta que tú haces y qué pides?

-Escuche señor juez – dijo Jorge-. Un huevo en tres semanas incuba y se convierte en una pollita. Luego crece y en unos seis meses esa pollita se convierte en gallina. Durante otros seis meses pone muchos huevos.   Luego los incuba por tres semanas y nacen por lo menos veinte crías. De esas, por lo menos la mitad, en otro año sacan otras veinte crías cada una; y así sucesivamente durante seis años. Ahora, saqué usted la cuenta señor Juez, ¿cuántas ganancias ha generado ese huevo que le presté a Antonio durante todo este tiempo?

El juez inmediatamente hizo cuentas, y estuvo de acuerdo con Jorge de que Antonio debía pagar semejante cantidad de dinero por un solo huevo.

Antonio llegó triste, frustrado y enojado a su casa; por lo que María, su esposa, preocupada le preguntó qué le pasaba.

-Imagínate gran cosa, le dijo Antonio, por un huevo duro que Jorge me prestó hace seis años, el juez ahora quiere que le pague con todo un gallinero.

-Dios Mío, dijo María, ¿y a qué gran idiota se le ocurre semejante tontería?

-Tranquila mujer… No digas nada que pueda ser usado en mi contra… No enfades al señor Juez.

-Pues no pienso callar por nada semejante injusticia. O el juez es tonto, corrupto o está loco. ¡ Ah… se me acaba de ocurrir una gran idea !. Ya descubrí como saldremos de ésta y de paso le daremos una lección a la inteligencia de ese juez.

-Pero mujer… qué estás tramando… decía Antonio…

-Pues no me tranquilizo…. No es justo el veredicto del juez…. ¿Quieres que te diga cómo puedes salir de este lío?

-Bueno… tú dime… Pues no creo que sea peor que la condena del juez..

-Entonces debes hacer esto: Vete a la entrada del pueblo. Y te pones a trabajar a la orilla del camino. Debes escoger un lugar donde pase toda la gente del pueblo, y especialmente los criados del juez. Cuando te vea la gente, te pones a sembrar Maíz…. Pero debes de sembrar maíz cocido. Tenlo por seguro que todos te van a decir que estás loco, que el maíz cocido nunca va a germinar y por lo tanto no habrá cosecha. Entonces tú les contestas, que tampoco de un huevo duro sale un pollito.

Obviamente, Antonio siguió al pie de la letra el consejo de María, su esposa.

Estaba  un día sembrando su maíz cocido, cuando pasaron los criados del juez y le preguntaron:

-¿Qué estás haciendo Antonio?

-Estoy tratando de ver si logro que este maíz cocido de cosecha.

-¿Este está loco, le decía uno criado al otro, cómo pretende que el maíz cocido valla a nacer?

-Esto no debe sorprenderte, le dijo Antonio, mi maíz cocido va a nacer en la medida en que de un huevo duro nace un pollo.

Pasaban los días, y las personas veían a Antonio en su faena a lo largo del camino del pueblo. Y todo el pueblo, junto a los criados del juez, hablaba que el campesino estaba loco, y por fin llegó la noticia a los oídos del juez.  Entonces el juez lo mandó a traer con sus guardias.

Inmediatamente lo vio, se dio cuenta que aquel hombre, era el mismo campesino a quien había condenado días atrás a pagar una gran cantidad de dinero por un huevo duro.

-Explícame una cosa buen hombre, dijo el juez, ¿por qué estás sembrando maíz cocido?

-Para ver cuántos quintales de maíz cosecho de acá a seis años, contestó Antonio.

-Pero en verdad estás completamente loco, dijo el juez, ¿en qué cabeza te cabe que el maíz cocido germine y sobre todo te dé una cosecha?

-Pues, en la misma cabeza en que se le ocurrió a mi amigo Jorge, que un huevo cocido podía empollar, luego esa pollita se convertía en gallina, luego poner huevos, y así multiplicarlos hasta convertirse en un gran gallinero seis años después.

 

El  juez se quedó sorprendido y pensó por un momento. Aquel humilde campesino acababa de darle la lección de su vida y de su carrera judicial.

– Sabes buen hombre, le dijo el juez, me acabas de dar una gran lección de justicia, voy a rectificar mi fallo. Tú pagaras únicamente por un huevo cocinado. Tu pena es pagar Un Solo Huevo.

-Gracias Señoría. Yo estaba seguro que obtendría justicia.

-¿Puedo pedirte tan sólo una cosa?, preguntó el juez. Tu ingenio me ha llamado la atención y quiero proponerte que vengas a trabajar como mi ayudante.

-En verdad esa fue una idea de mi esposa, contestó Antonio.

-¿De tu esposa?, entonces dile a ella que la necesito como mi asistente.

 

Antonio se fue tranquilo y en paz para su casa, pues al fin había alcanzado su tan anhelada justicia. Al llegar le dio el recado del juez a su mujer….

-Pues dile a ese juez, que mi ingenio no es tan grande como él cree; pues apenas alcanza para atender la casa, cuidar a tus doce chiquillos y para sacarte a ti de líos de vez en cuando.

 

Conoce en El Precio de la Justicia, todo lo que este Campesino estaba dispuesto a hacer para Obtener la tan Anhelada Justicia.

 

Ya lo dice el tan conocido refrán “Equivocarse es de Humanos, Rectificar es de Sabios, Perdonar es Divino.

Todos nos equivocamos en nuestro diario vivir. El único que no comete errores es quien no hace nada; el que no emprende ningún proyecto, el que no toma una aventura, el que no experimenta, el que no se desarrolla, el que no crece.

Tal como el juez, cuando reconoces que has cometido un error, debes rectificar y enmendarlo. Es un derecho de los humanos equivocarnos. De lo que se trata es de no vivir toda la vida con el remordimiento de no haberlo corregido. Aprende de tus errores, evitar repetirlos y sigue adelante.

La Abuela

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La Abuela

La Abuela es una Narradora de Cuentos que trae consigo una Moraleja, Enseñanza y Lecciones de Vida en cada una de sus Historias.

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