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La Lección del Conejo

La Lección del Conejo

CUENTOS INFANTILES PARA LEER

El conejo y el venado eran grandes contrincantes, toda vez que se hallaban, el uno trataba de mentir al otro y el perdedor siempre y en todo momento estaba buscando el desquite. En una ocasión a los dos les dio por presumir de lo veloz que corrían y como es lógico cada uno de ellos afirmaba ser más veloz que el otro. Pronto el resto de animales se cansaron de oírlos alardear y decidieron que se hiciese una carrera para poder ver cuál de ellos era el campeón.

El indio Toro Sentao, a quien todos temían, pues siempre y en toda circunstancia colaboraba con los cazadores, fue el responsable de hacer las convocatorias para la competencia; asimismo les informó de un valioso premio que ganaría el triunfador. Eran unos bellos pedazos de madera, que terminaba de tallar el castor. El venado se puso contentísimo al oír esto. En ese entonces la cabeza del venado era tan llana como la de su esposa y creía que los pedazos le darían aire de relevancia.

Toro Sentao se fue entonces a la casa del conejo, quien se sintió tan complacido con la convocatoria que le hacía y le invitó a que se quedase a comer. El conejo le sirvió un rebosante almuerzo y después lo invitó a acostarse a fin de que descansase. Mientras el tallaría una astilla de madera, para pasar el rato. Pronto el visitante quedó profundamente dormido.

Entonces el conejo amarró la astilla en su cabellera y la clavó en el piso. Cuando Toro Sentao trató de levantarse y se dio cuenta de la mofa del conejo. Colérico dio un tirón tan fuerte, que la astilla voló por los aires y llegó hasta donde estaba oculto el conejo, hiriéndolo en el labio de arriba, desde ese momento el conejo tienen el labio partido.

Al día después, el conejo y el venado se hallaron en el sitio convenido para la carrera. Molesto todavía por el accidente del día anterior, el conejo estaba empeñado en ganar el premio para calmar su orgullo herido. Y tramposo como era, cuando les informaron que debía atravesar un par de veces el bosquecillo que se veía allí en el fondo. El conejo se dijo a sí mismo, llevándosela de astuto: Este sitio me parece desconocido, y creo que echaré un vistazo para hacer un reconocimiento antes de la carrera.

Todos estuvieron de acuerdo y el conejo se fue por entre los arbustos. Después de largo rato no había regresado todavía, mandaron a la ardilla en su búsqueda. La ardilla lo halló haciendo un túnel entre los arbustos. Enseguida retornó y contó a los animales lo que terminaba de ver. Coléricos por el engaño que iba a hacer el conejo, todos estuvieron conformes en darle el premio al venado, que desde ese día luce en su cabeza, con gran orgullo, sus bellos pedazos de madera.

Dese ese accidente, el conejo no hacía más que meditar en la venganza. Un día halló un bejuco realmente fuerte e inmediatamente pensó en tenderlo atravesando el camino por donde habituaba pasar el venado en pos de agua. Entonces lo mordió hasta prácticamente partirlo.

Al poco rato llegó el venado y al verlo sentado en medio del camino le preguntó: -¿Qué haces astuto conejo?

-Acabo de hallar este fuerte bejuco, te apuesto que lo puedo partir de un solo bocado cuando lo brinco. Eso te probará que tengo mejores dientes que tú. Y diciendo esto, el conejo saltó el bejuco y de un solo bocado lo partió en dos.

-Lo que puedes hacer, ahorita mismo  lo hago –dijo el venado-. Coge otro bejuco, tiéndelo por el camino y ya vas a ver.

El conejo tendió el bejuco mientras que le afirmaba al venado:

Acércate con toda velocidad y lo muerdes bien fuerte, de lo contario no conseguirás partirlo. Pero no sé por qué razón te digo esto, si de todos modos no podrás hacerlo.

El venado se aproximó de forma veloz, mordió el bejuco y cayó de espaldas. Muerto de risa, el conejo le gritó: -¡Y alardeabas de tener buenos dientes! Deja ver qué tienes en el hocico.

Medio atontado por la caída, el venado abrió el hocico y el conejo pudo ver sus largos y filosos dientes.

-Claro está que esto no sirve para morder. Fíjate en mis dientes. Son pequeños mas muy filosos. Si me lo dejas, puedo recortar tus dientes y hacerlos más filosos. Abre el hocico y voy a hacer el resto.

El conejo cogió una piedra áspera y empezó a lijar los dientes del venado. Pronto ya no quedaba más que restos de los dientes y el venado empezó a lamentarse del dolor.

-Despreocúpate –dijo el conejo- cuando los dientes empiezan a doler es por el hecho de que están afilando. Y de forma rápida emprendió la escapada.

Pero el dolor prosiguió por muchos días. Desde entonces el venado tiene dientes poco filosos y en el sitio en que el conejo pulió demasiado, no tiene nada de dientes.

A lo largo de un buen tiempo, el conejo evitó encontrarse con el venado. Sabía que esta vez la broma había sido muy pesada y el venado estaba verdaderamente colérico. Sin embargo, un día se hallaron cuando los dos llegaron a comer yerbas del mismo sitio.

-Ven aquí, -le afirmó el venado- te recomiendo saltar. Ves aquella piedra? Puesto que el que consiga saltarla y llegar más largo, se va a quedar con mis cuernos.

Al escuchar esto el conejo se puso contentísimo, puesto que tenía fama de ser un buen saltador y estaba seguro de ganar. Los dos arrancaron a correr al mismo tiempo. Pero mientras que el venado apenas saltó a caer sobre la piedra, el conejo dio un brinco tan grande que fue a caer a un rió que corría atrás de donde estaba la piedra. Luchando desesperadamente contra la corriente que lo arrastraba, difícilmente el conejo consiguió llegar a la ribera. En el momento en que estaba reponiéndose del susto, una nutria que andaba por allá le afirmó en son de burla: -De forma que ahora asimismo te agrada la pesca.-

-No me agrada el pescado –respondió el conejo-, pero sí me agrada los patos. Y te apuesto a que puedo apresar más patos que tú.

La nutria se distanció, capturó un pato, lo llevó a las profundidades del río y volvió a salir con él por la otra ribera. Mientras tanto, como no deseaba regresar a mojarse, el conejo había hecho una cuerda. Y tuvo suerte, puesto que dos patos se enmarañaron en la cuerda. Mas levantaron vuelo llevándose al conejo con ellos. Viendo que cada vez ganaba más altura, el conejo soltó la cuerda y fue a caer nuevamente a la ribera del río.

Riendo a más no poder la nutria le gritó: -Mejor te dedicas solo a tus yerbas.

Y el conejo ha seguido este consejo hasta en la actualidad.

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La Abuela

La Abuela es una Narradora de Cuentos que trae consigo una Moraleja, Enseñanza y Lecciones de Vida en cada una de sus Historias.

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