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La Lección al Abogado

La Lección al Abogado

CUENTOS CLASICOS CON MORALEJA

– Oiga Don Jorge, ese caballo y esa yegua son míos de ahora en adelante – le decía un abogado a su cliente. Un pobre campesino que no lograba entender por qué sus animalitos pasaría a manos de su abogado.

-Pero Señor Licenciado, ¿ Cómo es que tengo que pagarle, si usted es quien ha perdido el juicio en los tribunales, y a causa de ello me he quedado sin tierra, y ahora tengo que entregarle mi caballo y mi llegua ? – le cuestionaba el campesino.

-Es muy sencillo don Jorge. La ley es muy clara, y dice que usted no es el legítimo dueño de esta finca, le contestó el abogado.

-Cómo no voy a ser el legítimo dueño, si mis padres vinieron a esta finca cuando yo aún no había nacido. Hicieron botar la montaña, construyó un camino, hizo fértil sus tierras y la hemos cuidado por años. Al morir mi padre me heredó esta finca, explíqueme por qué no es mía, Licenciado ?

-Es muy fácil don Jorge, le respondió el abogado. Tu padre usurpó estas tierras hace décadas. Esta finca pertenece a un señor tan rico que ni siquiera sabía que eran suyas; pues eran tierras áridas que no le interesaban. Ahora que las tierras son productivas, es lógico que cualquiera quiera recobrar sus derechos… Lo entiende don Jorge ?

-Cómo no va a ser lógico, abogado, si hemos pasado toda nuestra vida cuidando y preparando estas tierras.

-Yo lo entiendo don Jorge, pero he hablado con los abogados del dueño de la finca, y muy cortésmente le mandó a decir que debe de abandonar su inmueble en una semana.

-¡Ah, licenciado, en verdad estamos en una completa desgracia, estamos en la ruina todos nosotros!

-Y a propósito, como quedamos con mis honorarios…?

-Yo no tengo ni cinco centavos, licenciado, todos mis ahorros se los he dado a usted para papeleos, como usted dice.

-Ya me lo imaginaba, por eso es que me llevaré a su  caballo y su yeguita. En verdad no cubren mis honorarios, pero de algo a nada…. después de todo, soy un hombre de conciencia.

Así fue como el abogado, salió acompañado del caballo y de la yegua de don Jorge. En el camino se decía a sí mismo :

 -!Qué negocio tan fácil salió éste! ¡Siempre he dicho que los campesinos es fácil que entreguen sus cosas! ¡Qué fácil fue ganarse este caballo y esta llegua! ¡No quisiera estar en los zapatos de don Jorge!, ¡Con el Juicio perdió sus tierras, y ahora sus potros!

A lo largo del camino disfrutaba del gran negocio que acababa de hacer con su cliente. De repente lo vieron tres muchachos jóvenes, muy traviesos del lugar.

-Mira, -dijo uno de ellos –ahí va el abogado y lleva el caballo y la yegua de Don Jorge.

-Tuvo que ser muy listo para lograr que don Jorge se los diera – dijo el otro.

-Pero no creo que sea más listo que yo –dijo el primero. ¿Apuesto a que le quito la yegua antes de que se dé cuenta?

-¿Y yo haré algo más atrevido que tú? –dijo el segundo-, me llevaré el caballo con su permiso y me lo agradecerá.

-Entonces yo haré algo más divertido que ustedes -dijo el tercero- a mí me dará toda su ropa y me llamará su amigo.

Los tres muchachos echaron andar sus planes. El primero, siguió tras el abogado, que continuaba su camino sin darse cuenta de que lo perseguían.

Este se fue acercando poco a poco hasta llegar al lado de la yegua. Muy cuidadosamente la soltó de la montura del caballo, dónde iba amarrada y se la llevó. El abogado ni cuenta se dio de ello, pues seguía disfrutando del gran negocio que acaba de hacer.

Al cabo de un rato, volvió a ver hacia atrás y se dio cuenta con gran disgusto que la yegua ya no lo acompañaba.

Corrió de un lado a otro en el caballo, buscándola en todos los atajos del camino, pero su yegua no apareció. Por fin se encontró con el otro joven y le preguntó:

-Oye, muchacho, ¿no has vista a nadie con una yegua por aquí?

-¿Una Yegua colorada?, -preguntó el muchacho.

-Sí, sí, una yegua colorada –afirmó el abogado.

-Ah, sí señor licenciado, yo la vi hace un ratito. La llevaba un muchacho que partió por ese camino. Si usted quiere, deme el caballo y se lo cuido, pues el camino es muy angosto y tiene que subir a pie.

-Por supuesto, -dijo el abogado bajándose del caballo – muchas gracias.

-Ya verá ese muchacho sinvergüenza lo que es meterse con migo, no le van a quedar ganas de seguir jugando –decía el abogado mientras se metía en la montañita que le había indicado el segundo muchacho.

Mientras tanto, éste se montó en el caballo y desapareció por el camino contrario.

El abogado buscó su yegua por más de una hora sin encontrarla por ningún lado, ni siquiera sus huellas aparecían a lo largo del camino. Ya muy cansado regresó donde había dejado el caballo. Se encontró con una nueva desilusión. ¡No había ni rastro del caballo!

-¡Me han robado!, -gritaba- ¡Ladrones, me han robado de nuevo, a mí, nada menos que a mí! Esto no volverá a sucederme nunca, nunca volveré a confiarme de nadie.

El abogado siguió su camino, muy cansado y muy enojado. De repente encontró al tercer joven sentado a la orilla de un río. Llorando amargamente.

-¿Qué te pasa muchacho?, -le preguntó- ¿por qué lloras así?, ¿acaso crees que eres el único al que le han salido mal las cosas este día? A mí me acaban de robar un caballo y una yegua.

-Eso no es nada en comparación con lo que a mí me sucede. Yo traía conmigo una bolsa llena de diamantes y se me ha caído al río. El problema es que no sé nadar y no puedo sacarlos; si encontrara a alguien que los sacara por mí, estoy dispuesto a darle la mitad de los diamantes.

-¡Claro que Yo puedo hacerlo! –dijo el abogado al tiempo que se quitaba su ropa- Guárdamela, amigo mío, te lo agradeceré toda la vida.

Una vez el abogado se sumergió en las aguas del río, el joven bromista desapareció con su ropa.

Los otros dos jóvenes fueron a donde don Jorge a devolverle sus potros.

Dicen que el abogado jamás volvió a cruzarse por la zona.

Una vez más otro abogado quiere pasarse de listo.  Ya veíamos en La Injusticia del Abogado, el leñador resultó más listo que el Notario; al igual que en esta ocasión, en donde tres jóvenes le dieron una lección al pobre abogado que jamás olvidará.

Cuando nos aprovechamos de la vulnerabilidad de los demás, tomando ventaja sobre ellos; en lugar de ser una tabla de salvación para esa persona que buscó nuestra ayuda, estamos siendo la causa de su desgracia.

Lo que sembramos es lo que cosechamos. Es decir, lo que hacemos a los demás, tarde o temprano regresará a nosotros y con mayor magnitud. Si queremos amor, felicidad, paz o amistad; debemos ser agradables, contentos, pacíficos y amorosos.

Vas a entender el daño que le hiciste a otro, hasta que otra persona te haga lo mismo a ti.

La Abuela

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La Abuela

La Abuela es una Narradora de Cuentos que trae consigo una Moraleja, Enseñanza y Lecciones de Vida en cada una de sus Historias.

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