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El Señor Presidente

El Señor Presidente

CUENTOS CLASICOS CON MORALEJA

Había una vez una isla lejana. En esa isla existía una extraña costumbre. Por voluntad del pueblo se cambiaba el presidente de año en año. El presidente era el que mandaba y regía en toda la isla. Podía hacer todo cuanto  quisiese. Vivir en la mejor casa. Tener muchos sirvientes, muchas joyas, los mejores vestidos y la mejor comida. Cualquiera podía ser presidente. El pueblo siempre y en toda circunstancia admitía al que se ofrecía como presidente para un año y lo respetaba y cumplían todas y cada una de las órdenes que diese.  Pero  cuando el año acababa, si el presidente había sido malísimo, entonces lo mataban. Si el presidente había sido  bueno, lo condenaban a vivir en otra isla. Esa isla era totalmente desierta. Allá no vivía absolutamente nadie. De ahí que, muy realmente pocas personas deseaban ser presidente, puesto que vivían solo un año realmente bien, con muchas riquezas y lujos, y después del año debían fallecer o bien vivir desterrados.

Sucedió que un año ya absolutamente nadie deseaba ser presidente de la isla. Entonces, un tipo que era carpintero,  llamado Saturnino, se ofreció para ocupar el puesto de presidente. Saturnino era un tipo gracioso, inteligente y alegre. Le agradaba tocar el acordeón y entregar serenatas a las muchachas del pueblo. Lo poco que ganaba, normalmente lo gastaba en fiestas, y en el fondo, era un tipo bueno a quien todo el pueblo quería.

Todos rieron de la ocurrencia de Saturnino. No obstante, como era ley en la isla, lo admitieron. Hicieron grandes festejos el día que Saturnino asumió la presidencia de la isla.

Exactamente el mismo presidente tomó parte en la celebración y la alegró tocando su acordeón. Fueron tres días de celebración. Había abundante comida y mucho licor.

Pasados ya todos y cada uno de los festejos, Saturnino se puso a meditar con seriedad en el embrollo en que se había metido.

El primero de los días debió atender a mucha gente que llegó a darle protestas de lo que había hecho el viejo presidente. Otros llegaron a solicitarle algún puesto y le recordaba lo amigos que eran de él cuando era carpintero. En resumen, durante la primera semana, no hizo más que escuchar solicitudes y protestas, y más protestas. Entonces, decidió cerrar su oficina de protestas. Reunió a ciertos jóvenes muy estudiosos y a los ancianos del pueblo y les dijo:

-Los he reunido por el hecho de que necesito el consejo, la sabiduría y la experiencia de ustedes. Si prosigo oyendo protestas, mi año de gobierno se me va a finalizar en solo protestas, y al final, todos se  lamentarán de mí. Creo que lo mejor es que  me apoyen.

-Mi consejo, -afirmó uno de los jóvenes que era letrado- es que se hagan leyes que favorezcan a los pobres.

-Sí – afirmó un anciano- es preciso que haya justicia para todos.

-Es preciso velar por la infancia. Hay que edificar asilos para pequeños y para ancianos –dijo otro de los jóvenes que era médico.

-¡Hay que darle tierra a los pobres! –así  gritaba  un joven,  estudiante de derecho.

-Hay que poner impuestos a fin de que el país progrese – afirmó el empleado del gobierno.

En resumen, Saturnino se dio cuenta que todos parecían preocupados por los inconvenientes. Pero no se daba cuenta que se le venía un gran problema encima: La isla era pequeña. Para darles tierras y casas a los pobres, debía quitársela a los ricos.  Total, que al final del año, los ricos solo iban a decir que había sido un muy mal presidente y lo matarían, y si no favorecía a los pobres, entonces estos igualmente lo matarían, por ser un mal presidente.

Saturnino se dio cuenta que se había metido en un enorme embrollo. Le dio mil vueltas a la cabeza y decidió, a su forma, quedar bien con todos.

Lo primero que hizo fue dictar una ley: toda persona que solicitara dádivas, o bien que no trabajara, o bien que ensuciase la urbe tirando cascarillas o bien papeles, la mandaría como presa a la isla desierta. El que llegase a hacer protestas, asimismo lo mandaba a la isla.

Como había que cuidar de los presos, entonces mandó unos guardas a la isla. Mandó edificar casas para los guardas y los presos. Además de esto, condenó a los presos a trabajar la tierra y a edificar calles y tuberías.

Muchos presos fueron a parar a la isla. Esto enfadó a la gente con Saturnino. Afirmaban que era el peor residente que había llegado al poder.

Las familias de los presos comenzaron a lamentarse de que no podían vivir sin sus familiares. Muchas fueron las familias que debieron irse a la isla. Allá edificaron más casas y sembraron la tierra. Todos se hallaban tan a gusto, que en el momento en que un preso cumplía su condena y le afirmaban que ya podía salir de la isla,  se negaba y se quedaba a vivir ahí con su familia.

Saturnino, por su lado, se las ingeniaba de mil formas para mandarles materiales, víveres y buenas semillas a fin de que sembrasen. Total, que la isla  avanzaba poquito a poco  y hasta resultaba mejor vivir ahí. Mientras, el pueblo no se hallaba contentísimo con Saturnino. Había impuesto altísimos y absolutamente nadie sabía qué hacía el presidente con ese dinero. Solo Saturnino sabía que el dinero se iba para la isla de los presos.

Saturnino cumplió el año de su presidencia, el pueblo decidió que había que matarlo por ser un mal presidente. Entonces Saturnino les dijo:

-En los seis últimos meses absolutamente nadie ha tenido una protesta, de ahí que es injusto que me vayan a matar. Además de esto, el peor castigo que me pueden hacer, es mandarme a la isla, puesto que allá todos están bravos conmigo por el hecho de que los mandé presos.

Todos estuvieron conformes, y de hecho, lo mandaron a la isla desierta. Pero en la isla, todos y cada uno de los familiares de los presos lo recibieron contentísimos y le propusieron que fuera el presidente de la isla. Saturnino prácticamente se cae del susto. Entonces dijo:

-Admitiré ser presidente solo por diez minutos. Esos diez minutos me alcanza para decirles que todos y cada uno de los presos quedan libres. Pero como a una vez cometí una tontería. Por favor no me soliciten que la cometa otra vez. Yo vine acá a vivir en paz y armonía, a ganarme la vida sembrando y haciendo casas; pero por favor, por Dios, no me metan más en embrollos.

Y de esta manera, Saturnino vivió tranquilo y feliz el resto de sus días y en los atardeceres se dedicaba a tocar su acordeón.

Si en todos los países,  las reglas para ser presidente fueran como en esta Isla, considero que a NADIE, absolutamente a NADIE,  le importara la política; y si los Gobiernos no fueran elegidos por “voluntad popular”, sino por MERITOCRACIA, no existieran los políticos y nuestros países serían desarrollados, nuestras economía fueran fuertes y los funcionarios tendrían la  VOLUNTAD y la CAPACIDAD de resolver los problemas del pueblo.

El Gobierno debe ser Del Pueblo, Por el Pueblo y Para el Pueblo. No basta Gobernar para el Pueblo, tampoco es suficiente un Gobierno del Pueblo, si no que la democracia debe también ser un Gobierno Por el Pueblo.

El Personaje de nuestra historia de hoy, salió Del Pueblo. Después de su mandato, tanto el premio por si era un buen presidente como el castigo por si era malo, eran iguales de crueles. No obstante, lucho Por el Pueblo y trabajó Para el Pueblo.

La Abuela

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La Abuela

La Abuela es una Narradora de Cuentos que trae consigo una Moraleja, Enseñanza y Lecciones de Vida en cada una de sus Historias.

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