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El Precio de la Justicia

El Precio de la Justicia

CUENTOS CLASICOS POPULARES

En aquellos tiempos, y en un lugar muy lejano, vivía don Pascual. Un campesino que como posada tenía una humilde choza en el campo, y que se dedicaba a cultivar frutas y verduras que vendía en el mercado de la ciudad más cercana.

Para llevar sus frutas y verduras a la ciudad, lo hacía en su carreta tirada por una yunta de bueyes.

En su camino debía atravesar  los campos de don Roberto, quien a un lado del camino tenía sembrado Maíz y al otro lado Soya.

Don Roberto era un hombre muy enojado, ambicioso y egoísta, y no le gustaba que don Pascual pasara con su carreta en medio de sus tierras, pues decía que los bueyes le comían y dañaban sus cultivos.

Una vez que venía don Pascual con la carreta cargada de frutas y verduras, don Roberto se puso en medio del camino obstaculizando su paso, detuvo la carreta apoyando su mano en el yugo y le dijo :

– Deberías fijarte, boyero, por donde caminan tus bueyes. Estos animales han dañado y comido mi milpa.

– Lo siento mucho don Roberto – dijo don Pascual – la verdad es que el camino por su campo es muy angosto, y apenas caben mis bueyes y mi carreta….

-Ni te atrevas a volver a pasar por mis tierras. Ahora quieres arruinar mi maíz y mi cultivo de Soya – le reprochó don Roberto – Está bien, pero en pago por los daños causado por tus bueyes, me quedaré con ellos, tu carreta,  y con tus frutas y verduras que llevas.

-No… Eso no puede ser, contestó don Pascual. Si se atreve usted a hacer eso, iré acusarlo donde el señor juez.

Don  Pascual inmediatamente se dirigió al juzgado a implorar por justicia.

-Entonces, -dijo el juez- para poder tomar tu declaración, necesito que me traigas dos testigos que confirmen tu testimonio.

– Pero… ¿por qué necesita usted dos testigos señor Juez? – Preguntó don Pascual-. Simplemente envíe a uno de sus policías a la casa de don Roberto y verá que ahí están mis bueyes, mi carreta y mis hortalizas.

– Eso no demuestra que los bueyes sean suyos – aseguró el juez.

– Suéltelos en el camino y verá que corren directamente a mi casa – le respondió el campesino.

El juez se quedó un rato pensando en lo lógico que el campesino le decía, pero al final le dijo.

– No hay forma que me convenzas. Es necesario que traigas los dos testigos.

Don Pascual se retiró muy triste por la injusticia que había recibido. El juez, sin embargo se fue a donde el Rey a contarle el incidente y a pedirle consejo.

– Es muy inteligente, lógico y razonable ese campesino – respondió el rey. A partir de esta noche, le enviaré ropa y comida a su casa y nunca sabrá quien se los manda. Se las dejarán en la puerta para que las encuentre por la mañana. Quiero ver si en verdad lo que quiere es justicia o aprovecharse de la situación para beneficio propio. Si regresa quejándose no le hagas caso, pero escribe todo lo que él diga e infórmame en el instante.

En la mañana, cuando el campesino abrió su puerta, ahí estaba la ropa y comida que había mandado el Rey. En verdad le hacía falta, pues el día anterior no había podido vender sus frutas y verduras.

Todas las mañana sucedía lo mismo, y por más que quiso investigar quien era su benefactor, jamás pudo hacerlo.

Luego de un par de semanas, don Pascual regresó de nuevo a ver el Juez.

– No veo a tus testigos– le dijo el juez.

– Yo soy mi propio testigo –  respondió don Pascual. Alguien lleva ropa y comida a mi casa todas las noches. Si acudo ante usted no es por hambre, señor juez, vengo en busca de justicia. En esta vida nada tiene valor si no se imparte justicia Señor Juez.  ¿Qué valor tienen toda esa ropa y esos alimentos, si no los he podido ganar con mi trabajo, mi esfuerzo y mis propias manos?

Luego de decir eso, el campesino dio la vuelta y se retiró.

Luego de  unos días regresó don Pascual donde el Juez.

– Tanto es tu insistencia,  que mandaré a azotarte – le dijo el juez.

– Señor Juez, estoy dispuesto a soportar diez mil azotes por un poco de justicia,  respondió don Pascual

Entonces el juez, mandó a que le dieran algunos azotes, y se fue directo a donde el Rey a contarle todo.

– Ese campesino me sorprende cada día más. Me asombra su sabiduría y sed de justicia que tiene. Veamos como reacciona con los castigos y amenazas– concluyó el Rey.

El siguiente día regresó el campesino donde el Juez y le dijo:

– Recuerde señor Juez, que ayer estaba dispuesto a recibir diez mil azotes por un poco de justicia. Ahora he regresado porque ayer solo recibí cien azotes, y vengo por el resto a cambio de su esperada justicia.

El juez pidió a sus guardias que echaran a la calle al campesino y salió directo a donde del Rey a contarle lo sucedido.

-Ese hombre vale lo que pesa en oro – dijo el Rey – mande a uno de sus empleados a que me lo traigan.

Cuando don Pascual vio al empleado del Juez, se puso alegre porque creyó que el juez lo azotaría a cambio de impartirle justicia.

Entonces el empleado se acercó y le dijo que lo llevaría donde el Rey. En todo el camino don Pascual iba pensativo. Estando frente al Rey se inclinó respetuosamente y esperó.

-Buen hombre – le dijo el rey-  he estado al tanto de todo lo que te ha pasado. No culpes al juez, pues el sólo seguía mis órdenes de no hacerte caso y tengo por escrito todos tus argumentos y lo que has dicho y hecho. Yo fui quien te enviaba ropa y comida todas las noches. Pero tú lo que siempre has buscado es que se haga justicia y no te dejaste sobornar con todos mis regalos. Nada te hizo retroceder. He mandado a castigar a don Roberto, tu vecino, y le he quitado los bueyes y la carreta, pues no hay duda que son tuyos.

– Siempre he buscado a un hombre que tenga la integridad y espíritu de justicia que tú tienes, y nunca lo había encontrado – Continuo diciendo el Rey –  Desde este momento serás uno de mis jueces. Si tú así lo deseas, ahora mismo puedes venirte a vivir en mi palacio con tu familia.

Cuando el Rey terminó de hablar, el campesino levantó su mano derecha y dijo:

-Gracias señor por haberme hecho justicia. Has devuelto mis bueyes y mi carreta…. Has sido justo. Pero eso te serviré en todo lo que pidas.

Don Pascual fue a vivir al palacio con su familia y cuentan  que fue uno de los jueces más sabios que hubo en toda las historia.

 Conoce en La Rectificación del Juez  todo lo que este Campesino Hizo para que el Juez Rectificara su Fallo.

Esta historia se parece mucho a la parábola del Evangelio de San Lucas (18:01-08), en donde una viuda le clama justicia, una y otra vez, a un Juez que no le hace caso; y que al final el Juez le imparte justicia para que la viuda lo deje de molestar.

También me recuerda una de las Bienaventuranzas que encontramos en el Evangelio de San Mateo “Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.” (5:06)

Hago esta comparación con la Biblia,  para reiterar que tarde o temprano,  la Justicia de Dios y la Justicia terrenal siempre llegará a quien corresponda.

Tanto don Pascual como la viuda de la parábola de San Lucas, nunca se dieron por vencidos y  fueron necios e insistentes en su hambre y sed de justicia. Al final ambos fueron saciados.

La Abuela

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La Abuela

La Abuela es una Narradora de Cuentos que trae consigo una Moraleja, Enseñanza y Lecciones de Vida en cada una de sus Historias.

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