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El Cuarto Rey Mago

El Cuarto Rey Mago

CUENTOS PARA PENSAR

Cuentan que hace un buen tiempo, antes que naciese Jesucristo, había un rey que era muy querido entre su pueblo por su gran bondad y por su gran sabiduría. Vivía en un palacio hecho todo de mármol y rodeado de preciosos jardines. Su pueblo sabía que  era benevolente y absolutamente nadie en su reino pasaba apuros.

El rey tenía una alta torre, donde todas y cada una de las noches iba a observar las estrellas. Sabia por viejos escritos que cualquier día nacería una estrella nueva que anunciaría la venida del Hijo de Dios a la tierra. Siempre y en todo momento miraba al cielo, con la esperanza de poder ver el nacimiento de esa estrella. Un día vio salir una bella estrella, tan reluciente, que parecía un sol. Su luz ilumino su semblante, que se llenó de alegría. ¡Era la estrella que esperaba!.

Un día después alistó una botella de mirra, que es un aceite de mucho aroma. Por si fuera poco eligió tres joyas hermosas y todo lo guardó en un cofre de oro. Y se puso en marcha, guiado por la estrella, para ir adorar al Niño Jesús.  Atravesó sus tierras y llegó al mar. Ahí tomó un navío. Ya en alta mar se desató una tormenta, el navío perdió el rumbo y llegaron a unas playas de tierras ignotas. El Rey Mago preocupadísimo esperó la noche para observar la estrella  fantástica. Y el hombre sabio pudo continuar con su camino, guiado por la estrella.

En su camino, se encontró con una mujer que tenía un bebé enfermo. El Rey Mago le preguntó:

– ¿Qué te pasa, buena mujer?

– Tengo enfermo a mi pequeño hijo, y no puedo comprarle las medinas que necesita por falta de dinero.

El hombre sabio pensó: “Creo que el Niño Dios no se molestaría si le doy una de mis joyas a esta pobre dama”. Y así lo hizo. La mujer, muy agradecida, le besó las manos.

El Rey Mago siempre y en cada instante seguido por la Estrella de Belén, subió por las montañas donde todo estaba envuelto en blanca neblina. Bajó a los valles, donde las siembras de los campesinos cubrían de diferentes matices de verde los campos y tras mucho caminar, se detuvo en una casa humilde y solicitó posada. En esa casa, halló a una dulce viejecita que cuidaba a su esposo, que había perdido la vista desde algunos años.

La viejecita trabajaba duro para cuidar y alimentar a su marido. En la casa había solo un poco de pan y queso, pero todos comieron y quedaron saciados. La viejecita arregló bien una esquina para el forastero. Durmió ahí de forma cómoda. Por la mañana siguiente lo despertó el aroma de café recién hecho y pan caliente. El Rey Mago  se conmovió al ver la generosidad  de la viejecita, pese a tanta pobreza. Y pensó: “¿De qué manera puedo pagarle? Solo me quedan dos joyas… y al instante le dio una de ellas a  la ancianita, que la recibió con gran alegría y agradecimiento.

El Rey Mago anduvo por mucho tiempo. Un día, la estrella ya no apareció más. Sabía que eso quería decir que ya había pasado el tiempo para venerar al Niño Dios. Pero a él no le importó y siguió con su misión.

Otro día halló a un pequeño llorando desgarradamente. El Rey Mago le preguntó:

-¿Qué te pasa, hijo mío, Porqué lloras ?

– Es que mi padre acaba de morir, y no tenemos dinero para su funeral.

El Rey Mago pensó: Solamente  me queda una joya para el Niño Jesús. Creo que estaría bien  si se la doy a este pobre niño. Y le entregó la última piedra preciosa que le quedaba.

El niño contentísimo se la llevó a su madre y el hombre sabio prosiguió su camino.

Pasó el tiempo y el Rey Mago continuaba en busca del Niño Dios, pero  por mucho que preguntó, no lo pudo localizar. Hasta el momento en que un día, ya sin fuerzas y con las esperanzas perdidas, decidió retornar a su tierra.

En su  regreso halló a un hombre que había perdido una pierna, y que no lograba trabajo para poder llevar el sustento a su casa, El  Rey Mago le dijo:

– No tengo mucho qué ofrecer. Solo me queda este cofre de oro. Ya no lo necesito y te puede ayudar de mucho.

Aquel hombre le agradeció el regalo y con el dinero que consiguió por el cofre pudo adquirir comida para su familia.

El Rey Mago iba realmente triste por no poder conocer al Niño Recién Nacido. En eso oyó una enorme gritería en las calles de aquel pueblo. Oía unas voces llenas de odio que decían “crucifíquenlo”, “crucifíquenlo”…. El Rey Mago preguntó a la gente qué era aquello. Alguien le dijo:

-Ese que va ahí con esa cruz ha blasfemado y  asegura que es el Hijo de Dios.

El Rey Mago hizo cuentas desde el momento en que partió siguiendo la Estrella de Belén, y entendió que el Niño Jesús, debía tener la edad del hombre que iba con la cruz.

-Quizás es El, se dijo a sí mismo. Y renacieron sus esperanzas. Llegó hasta el pie dela cruz para poder ver a aquel hombre.  El hombre de la cruz, en la mitad de su dolor, le sonrió. Y aquella sonrisa parecía decir “Si soy Yo  el  Niño Dios”. ¡El Rey Mago se quedó inmóvil!. De repente se le aproximó un guarda y le gritó:

– Aléjate de El…..

El hombre sabio se movió poco a poco, hasta el momento en que otra persona se le aproximó y le dijo:

– Buenas, buen hombre. He visto que te has acercado al crucificado. ¿Lo conoces?

– No, – respondió el  hombre sabio. Pero vengo desde lejas tierras para conocerlo. Debí venir a adorarlo cuando él aún era pequeño.

– Sí, – respondió el otro hombre. Tú eres el otro Rey Mago que jamás llegó, ¡El Cuarto! Conozco la historia. Yo seguí a Jesús por casi tres años. Él me enseño muchas cosas. Y nos dejó una sola ley.

-¿Cuál es esa Ley?, le preguntó el Rey Mago.

– ¡Amar a Dios Sobre Todas las Cosas  y al Prójimo como a Sí Mismo.

El Rey Mago  miró el rostro de aquel hombre, por el que rodaban grandes lágrimas.

– Tú Gracia es más grande que la de los otros tres Reyes Magos. Ellos vinieron cuando Jesús era apenas un bebé, y retornaron a sus tierras sin conocer la Verdad que traía ese pequeño. Tú en cambio, la has conocido de manera plena.

El Rey Mago le entregó entonces la botella con aceite, lo único que le quedaba de los regalos que traía, afirman que con ese aceite embalsamaron el cuerpo de Jesús.

El Rey Mago  entendió que realmente  fue muy bendecido. Comprendió que en todo su camino había puesto en práctica ese mandamiento “Amar a Dios Sobre todas las Cosas y  a Tu Prójimo Como a Sí Mismo”.

En todo su camino, que duró treinta y tres años buscando al Niño Dios, lo  encontró Hecho hombre. Lo había encontrado en la madre con el pequeño enfermo, en la anciana pobre, en el pequeño huérfano y en el hombre sin pierna.

Y realmente los regalos que él traía, se los había entregado al Niño Dios; tal como está escrito en Mateo 25:41 “En Verdad les digo que, cuando lo hicieron con alguno de los más pequeños de estos mis hermanos, me lo hicieron a mí”.

La Abuela

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La Abuela

La Abuela es una Narradora de Cuentos que trae consigo una Moraleja, Enseñanza y Lecciones de Vida en cada una de sus Historias.

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