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El Arbol de Pan

El Arbol de Pan

CUENTOS PARA MEDITAR

En un sitio muy húmedo, en la India, que es un país de Asia, vivía un viejito muy pobre con su hijo, su criado de muchos años; y su perro. El anciano había sido un hombre riquísimo, mas tras años seguidos de mala fortuna, había perdido todo. Ya sin ánimos y un tanto deprimido, se retiró con sus tres acompañantes a vivir en una casa descuidada, en un sitio distanciado y desierto. No tenía dinero y llegó el día en que solo contaba con cuatro bollos de pan para comer: un bollo para cada uno de ellos. Lo peor era que faltaba aún un par de semanas para que terminara la época de lluvias y no tendrían más alimentos hasta entonces.

Sentado cerca de la mesa, en una noche llena de relámpagos, el padre, el criado y el hijo, pensaban en su precaria situación. El perro dormía a los pies de su amo. Entre los estruendos de la lluvia y el viento sonaron fuertes golpes en la puerta. El criado se apuró a abrir y apareció en la noche obscura un mendigo que solicitó de comer.

Absolutamente nadie reconoció en aquel hombre jorobado y mal vestido, a un Jesús nuestro Señor que había bajado a la Tierra para observar la vida de los hombres.

El viejito oyó la solicitud del mendigo y le dijo  al criado:
– Dale al hombre mi pan. Él es más pobre y está más débil que mí. Ni tan siquiera tiene un techo donde cobijarse. Yo estoy viejo pero aún fuerte. No voy a comer hasta el momento en que de la tierra nos permita obtener los alimentos que nos faltan. Ayunaré por un par de semanas y voy a ofrecer este sacrificio a Nuestro Dios.

El criado obedeció de mala gana y dio al pordiosero el bollo de pan de su patrón.

Prosiguieron las lluvias, y todo era tristeza en aquella casa, puesto que había hambre. Cuatro días después llegó otra vez el mendigo a la puerta y solicitó algo para comer.

El anciano meditó un instante. Su mirada era sosiega y fija. Llamo al criado y le dijo:

– Si me he quedado sin comer para ayudar al hombre desgraciado, también tú debes hacer lo mismo, puesto que eres joven y fuerte y vives en mi casa como un hijo. Ese pobre que te solicita comida se siente viejo y descuidado. Dale tu plan como le diste el mío y también ayuna.

El criado obedeció. Tres días más pasaron. El cielo seguía oscuro, la casa estaba cerrada y silenciosa, y volvió el mendigo a solicitar con voz todavía más frágil.

El anciano la pensó esta vez un tanto más. Después dijo con su voz grave y firme.

– Ha llegado el instante en que mi hijo también debe sacrificarse. Debe aprender a padecer la miseria del prójimo tal y como si fuera propia. Que ayune por nos días. Él es joven y fuerte. El mendigo en cambio, moriría de hambre si no le damos el pan.  Y le pidió al criado que le diese el pan de su hijo. El criado obedeció, esta vez un tanto molesto.

 Y pasaron otros tres días. Aquel  JESUS  disfrazado de pordiosero volvió por última vez, fingiendo cansancio, hambre y desamparo. Deseaba probar hasta dónde llegaba la bondad de aquellos hombres humildes. Y solicitó pan con una voz tan débil, que prácticamente no se le escuchaba. El anciano oyó la súplica del mendigo. De nuevo la pensó pausadamente y dijo:

– He dado al hombre mi pan, el de mi criado y el de mi hijo. Tras esto creo que puedo igualmente ofrecerle el de mi perro. El buen animal soporta más hambre que todos y ya faltan pocos días para que podamos abastecernos de alimentos. Dale el pan que queda y considerémonos dichosos de haber podido ayudar a nuestro prójimo.

El criado obedeció sin decir una palabra y le dio el último bollo de pan que les quedaba al mendigo.

Este tomó el pan entre sus manos, y mudando su forma de pordiosero a ángel, transformó el bollo de pan en una semilla de color obscuro, y le dijo al criado:

– Toma, dale esto a tu amo. Que lo siembre, y jamás más van a pasar hambre.

El criado llegó lleno de asombro donde estaba su amo. Le dio el regalo tan extraño que le había dado y le contó de qué manera se convirtió el mendigo en ángel.

El anciano salió de forma rápida para poder ver con sus ojos la enigmática revelación, pero ya no había absolutamente nadie. El siguiente día, cuando amaneció, salió con su criado y su hijo a sembrar la morena semilla.

Al poco rato volvió a llover pesadamente y comenzó a salir de la tierra, un precioso árbol de grandes hojas y de frondosas copas. Entre sus ramas nacieron grandes y bellos frutos de pasta blanca y tierna. Eran como grandes panes para los cuatro que vivían en aquella casa, el viejito y su hijo, el criado y el perro. Ninguno de los cuatro volvió a pasar hambre.

Todos dieron Gloria a Dios, por haberles regalado aquel desprendido árbol: y también árbol de la fruta de pan.

En verdad nuestra vida, es una escuela en la que debemos aprender a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. En el juicio final seremos juzgados por el amor a nuestros semejantes.

Cuando lleguemos a la otra vida y le digamos al Señor, como en Mateo 7:21-23 que hemos hechos cosas buenas, El no nos recibirá por hablar en lenguas, ni por haber expulsado demonios; si no por visitar enfermos, vestir desnudos y dar de comer al hambriento, Resumiendo en una sola palabra, por AMAR y SERVIR a los hermanos (Mateo 25:35-36).

No busquemos, como dice San Francisco de Asís en su oración, ser comprendidos sino comprender, ser amados sino amar; porque dando es como recibimos y perdonando es como Dios nos perdona.

La Abuela

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La Abuela

La Abuela es una Narradora de Cuentos que trae consigo una Moraleja, Enseñanza y Lecciones de Vida en cada una de sus Historias.

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