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La Calumnia

La Calumnia

CUENTOS LARGOS

Hace mucho tiempo, en la época de la corona, en una ciudad muy lejana, vivía una pequeña familia compuesta únicamente por dos hermanos gemelos. El muchacho  se llamaba Andrés y la  muchacha Andrea.

Habían quedado huérfanos desde niños y el que velaba por mantener la casa era el hermano. Andrés se ganaba la vida como comerciante, y vendía sus mercancías en otras tierras, lejos de su país. Dejaba sola a su hermana por varios meses. Para viajar de pueblo en pueblo lo hacía en el único medio de trasporte que existía en esa época; por tierra lo hacía en caravanas de camellos y por mar, en barcos de velas.

Una vez Andrés llego a un país muy hermoso, y se dio cuenta que era gobernado por un rey muy poderoso. Le entró la curiosidad y se dispuso de ir a conocer aquel rey, y le llevó como presente unas piedras preciosas.

El rey quedó muy encantado con aquel joven, y le ofreció un puesto en el mercado de la ciudad para que lograra establecerse y vender sus mercaderías con mayor facilidad.

El día siguiente fue a visitarlo al barco. El muchacho se sintió muy alagado por la molestia que se tomó el rey, y decidió enseñarle todo el barco. Cuando llegaron a su habitación, el rey quedó flechado cuando vio colgado de la pared, un retrato de Andrea, la hermana del mercader.

-¿Quién es esa mujer? –preguntó el rey.

-Esa es mi hermana –contestó Andrés.

-Bueno, señor joven mercader, debo confesarle que nunca en mi vida he visto a una mujer tan hermosa como su hermana.

-Gracias –contestó Andrés –yo quiero y estimo mucho a mi hermana y sus palabras me elogian.

-Dime una cosa, ¿Puedes hablarme de ella? ¿cómo es? ¿Cómo son sus modales?

Andrés pasó más de una hora hablando de las cualidades de su hermana, que el rey en ese mismo instante quedó locamente enamorado.

-Si eso es así, -contestó el rey –en este momento te pido la mano de tu hermana para que se convierta en mi esposa.

-Señor, es un gran honor el que nos hace –contestó muy entusiasmado Andrés.

-Está bien, muchacho, en estos momentos haré todos los preparativos para mandar a traer a tu hermana.

Uno de los generales que servía al rey lo acompañaba en ese momento. Al oír los planes de boda del rey con la hermana de un comerciante, lo llenó de cólera y decidió echar a perder aquella boda fugaz.

De regreso, se puso a pensar en algo que hiciera recapacitar al rey, para no casarse con la muchacha. Cuando llegaron al palacio, llamó al rey y le dijo:

-Señor, he oído que quieres casarte con la hermana del comerciante. Yo te aconsejo que no lo hagas porque no te conviene esa muchacha.

-Si la conoces, dijo el rey, te ordeno que me cuentes  todo lo que sabes de ella.

-Es una mala mujer- contestó el envidioso general- acostumbra engañar a los hombres. Hace un par de años estuvimos comprometidos. Ya teníamos todos los preparativos para la boda, pero me dejó por otro. Para mí fue muy difícil recuperarme de esa situación. Por eso, esa mujer no es digna de ti.

El rey se llenó de mucha rabia. A la mañana siguiente, mandó llamar al comerciante para reclamarle, y le dijo:

-Me has engañado. Yo he sido muy benevolente contigo y me has mentido sobre tu hermana.

-Señor- contestó el muchacho, muy extrañado- no sé de qué me hablas.

El rey le narró con lujo de detalles todo lo que había dicho el general, a lo que Andrés  le propuso que el general consiguiera el anillo que llevaba en esos momentos su hermana y que le diga cuál es lo diferente  que tiene en el pie izquierdo.

El rey estuvo de acuerdo con el joven  y le ordenó al general demostrar que decía la verdad. El general viajó durante varias semanas hasta el país donde vivían los hermanos. Llegando al pueblo, se aprovechó de una anciana indigente para que le averiguara lo que quería.  Le pagó mucho dinero a la anciana para que le consiguiera el anillo de la joven y   que viera que señal tenía en el pie izquierdo.

La anciana muy astuta fue a casa de la joven, llorando, a pedir una limosna. Andrea, quien era una muchacha muy generosa, le regaló el anillo y se puso a hablar con la pordiosera. Entre plática y plática la joven le contó que de nacimiento tenía dos dedos del pie izquierdo unidos.

La anciana se despidió y fue corriendo a cumplir con su parte donde el general.

El rey se armó de mucha furia y coraje cuando regresó el general con el anillo y la noticia de los dedos unidos. Estaba seguro que Andrés lo había engañado. Lo mandó a traer, lo hizo azotar, lo encerró en la cárcel y lo condenaron a muerte. Su último deseo fue pedir escribirle una carta a su hermana para que pudiera venir y verla antes de morir.

Cuando Andrea recibió la carta, inmediatamente salió hacia aquel lejano reino para encontrarse con su hermano. En el barco, mientras lloraba, se puso a coser una camisa para su hermano, la cual bordó con hilo de oro. Después de unas semanas llegó el barco a aquel hermoso reino.

Una vez en tierra, se dio cuenta que ya llevaban a la plaza a su hermano para ahorcarlo. Salió corriendo, desesperada hacia aquella multitud de gente, y cuando estuvo frente al rey , que iba acompañado del general, le dijo:

-Oh, majestad, tu general me ha robado una camisa parecida a esta. Como ves, está bordada con oro y es muy valiosa.

-Yo no te he robado nada. Eres una mentirosa, ni siquiera te conozco. Jamás te he visto en mi vida – le gritó furioso el general.

Señor, ¿Has oído lo que él dijo? – Preguntó la joven al rey – no me conoce, ni siquiera me ha visto alguna vez.  Yo soy Andrea, hermana de Andrés. Este hombre te mintió. Por favor suelta a mi hermano.

En esos momentos  el rey se dio cuenta que había sido engañado por su general, inmediatamente ordenó soltar a Andrés y en su lugar ejecutaron a muerte al general.

Una semana después,  Andrea se casó con el rey y se convirtió en reina. El rey la amó por siempre por su belleza, ternura, dulzura e inteligencia.

En esta historia se da al pie de la letra lo que dice aquel refrán popular: “La Mentira tiene los pies tan cortos, que la verdad siempre la Alcanza”, y ha quedado demostrado que el tiempo muestra las mentiras y sale a relucir la verdad.

Lamentablemente a diario caemos en el vicio de mentir cientos de veces, a menudo sin pensarlo, a veces con premeditación; ignorando el profundo daño e impacto que pueden llegar a ocasionar esas “mentiras piadosas”, aparentemente sin importancia.

Incluso, esas “mentiras pequeñas” pueden llegarnos a costar dinero, afectar nuestras relaciones u opciones (veamos el caso de “Los Ratones que Comían Diamantes”) ; sin olvidar la pérdida de confianza la cual es difícil de recuperar.

A pesar de todo, digamos siempre la verdad y seamos acreedores de los beneficios que la honestidad nos ofrece, los cuales son simplemente sorprendentes.

La Abuela

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La Abuela

La Abuela es una Narradora de Cuentos que trae consigo una Moraleja, Enseñanza y Lecciones de Vida en cada una de sus Historias.

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